Seguro que alguna vez has entrado en un bar y has sabido, casi de inmediato, si querías quedarte o marcharte. No hace falta analizar demasiado la situación. A veces el lugar tiene una iluminación agradable, la música acompaña sin imponerse, las conversaciones forman un murmullo de fondo y todo parece invitar a quedarse un rato más. Otras veces sucede exactamente lo contrario: el ruido resulta excesivo, las luces incomodan, apenas puedes escuchar a quien tienes delante y, aunque no haya nada particularmente malo, sientes que preferirías estar en cualquier otro sitio. Es curioso porque esa impresión suele aparecer antes de que podamos explicarla. No evaluamos conscientemente cada elemento del ambiente para después emitir un veredicto. Simplemente percibimos el conjunto. Nuestro cerebro recibe una enorme cantidad de información y responde a ella continuamente, incluso cuando no somos conscientes de que lo está haciendo. Con nuestra propia mente ocurre algo parecido. Hay momentos en l...