Seguro que alguna vez has entrado en un bar y has sabido, casi de inmediato, si querías quedarte o marcharte. No hace falta analizar demasiado la situación. A veces el lugar tiene una iluminación agradable, la música acompaña sin imponerse, las conversaciones forman un murmullo de fondo y todo parece invitar a quedarse un rato más. Otras veces sucede exactamente lo contrario: el ruido resulta excesivo, las luces incomodan, apenas puedes escuchar a quien tienes delante y, aunque no haya nada particularmente malo, sientes que preferirías estar en cualquier otro sitio.
Es curioso porque esa impresión suele aparecer antes de que podamos explicarla. No evaluamos conscientemente cada elemento del ambiente para después emitir un veredicto. Simplemente percibimos el conjunto. Nuestro cerebro recibe una enorme cantidad de información y responde a ella continuamente, incluso cuando no somos conscientes de que lo está haciendo.
Con nuestra propia mente ocurre algo parecido. Hay momentos en los que las ideas parecen surgir con naturalidad, conseguimos mantener la atención durante mucho tiempo y resolver un problema resulta incluso estimulante. En otros momentos, en cambio, leer dos páginas se convierte en una batalla. Releemos el mismo párrafo varias veces, abrimos una pestaña sin recordar exactamente para qué, consultamos el teléfono casi por reflejo y terminamos preguntándonos por qué somos incapaces de concentrarnos.
La explicación que solemos darnos es demasiado sencilla: nos falta disciplina, estamos distraídos o sencillamente ese día no rendimos bien. Sin embargo, quizá estemos ignorando algo fundamental. Del mismo modo que el ambiente de un lugar modifica nuestra experiencia, las condiciones en las que se encuentra nuestro cerebro influyen profundamente en nuestra capacidad para pensar, aprender, crear y tomar decisiones.
Un cerebro que nunca se apaga
Aunque desde fuera parezca que no ocurre nada, el cerebro mantiene una actividad extraordinaria durante toda nuestra vida. Incluso mientras dormimos, enormes poblaciones de neuronas continúan comunicándose mediante señales electroquímicas y coordinándose en redes cuya actividad cambia según lo que estemos haciendo y el estado en el que nos encontremos.
Una de las formas de estudiar parte de esta actividad consiste en registrar, mediante electroencefalografía, determinadas oscilaciones eléctricas producidas por la actividad conjunta de grandes poblaciones neuronales. Es aquí donde aparecen términos relativamente conocidos como ondas delta, theta, alfa, beta y gamma. Estas denominaciones corresponden a diferentes rangos de frecuencia que los investigadores pueden observar y relacionar con distintos estados y procesos cerebrales.
El sueño profundo presenta patrones diferentes de los que aparecen cuando estamos despiertos. Una persona relajada con los ojos cerrados no muestra exactamente la misma dinámica que alguien concentrado en resolver un problema. Durante el aprendizaje, la atención, la percepción o el sueño pueden modificarse las relaciones entre diferentes ritmos y regiones cerebrales.
Esto no significa, como a veces sugieren ciertas explicaciones excesivamente simplificadas, que exista una frecuencia mágica para cada actividad. No podemos reducir la creatividad a una onda concreta, la concentración a otra y la inteligencia a una tercera. El cerebro es bastante más complejo que un selector de cinco posiciones. Los distintos ritmos pueden coexistir, interactuar y desempeñar funciones diferentes dependiendo de dónde y cuándo aparezcan.
Sin embargo, detrás de toda esa complejidad existe una conclusión mucho más sencilla y útil para nuestra vida cotidiana: el cerebro no funciona exactamente igual en todos los estados.
Y, aunque resulte evidente cuando lo decimos de esta manera, vivimos como si fuera justamente al contrario.
Esperamos el mismo cerebro a cualquier hora
Nos resulta completamente razonable aceptar que nuestro rendimiento físico depende de nuestro estado. Si alguien ha dormido cuatro horas, lleva todo el día sin comer y acaba de correr diez kilómetros, nadie esperaría que inmediatamente después alcanzara su mejor marca deportiva. Entendemos intuitivamente que el cuerpo tiene necesidades, que acumula fatiga y que necesita recuperarse.
Con el rendimiento mental somos mucho menos indulgentes. Podemos dormir mal durante varios días y seguir esperando ocho horas de concentración impecable. Podemos pasar una mañana saltando entre correos, mensajes, reuniones y notificaciones para después sentarnos frente a un problema complejo y exigirle al cerebro claridad absoluta. Podemos trabajar durante horas sin levantarnos de la silla y sorprendernos cuando, al final de la tarde, una decisión sencilla parece requerir un esfuerzo desproporcionado.
Hemos convertido el cerebro en una especie de empleado imaginario al que exigimos disponibilidad permanente. Queremos concentración cuando decidimos concentrarnos, creatividad cuando necesitamos una idea y lucidez cuando aparece un problema, independientemente de todo lo que haya ocurrido durante las horas anteriores.
Cuando esa respuesta no llega, solemos interpretar el fracaso como un problema personal. Pensamos que necesitamos más fuerza de voluntad, una nueva técnica de productividad o alguna aplicación que nos impida distraernos. En ocasiones esas herramientas pueden ayudar, por supuesto, pero existe una pregunta anterior que rara vez nos hacemos: ¿en qué condiciones estamos intentando pensar?
Porque quizá el problema no sea que nuestro cerebro se niegue a colaborar. Quizá llevemos horas creando exactamente las condiciones que dificultan aquello que después pretendemos exigirle.
La fragmentación de la atención
Pensemos en una mañana aparentemente productiva. Estamos escribiendo un documento y llega un correo. Lo consultamos porque solo llevará un minuto. Mientras respondemos aparece un mensaje en el teléfono. Lo abrimos, contestamos y, antes de regresar al documento, recordamos que teníamos que comprobar un dato. Abrimos el navegador, hacemos una búsqueda y encontramos algo interesante que no estaba relacionado con nuestra tarea original. Cinco minutos después volvemos al documento.
Nada de esto parece especialmente grave. Ninguna interrupción ha consumido demasiado tiempo. El problema es que nuestro trabajo intelectual no se compone únicamente de minutos acumulados; también necesita continuidad.
Cuando intentamos comprender un problema complejo construimos mentalmente un contexto: recordamos información, relacionamos conceptos, descartamos alternativas y mantenemos determinadas ideas activas mientras exploramos otras. Una interrupción puede obligarnos a abandonar parcialmente ese contexto y, cuando regresamos, necesitamos reconstruirlo. Si repetimos ese proceso decenas de veces durante el día, terminamos trabajando de una manera extraordinariamente fragmentada.
Es parecido a intentar leer una novela mientras alguien nos interrumpe al final de cada página para hacernos una pregunta distinta. Técnicamente podríamos terminar el libro, pero la experiencia sería completamente diferente. Nos costaría seguir la trama, recordar detalles y sumergirnos en la historia. No porque hubiéramos perdido nuestra capacidad para leer, sino porque las condiciones serían pésimas para hacerlo.
Sin embargo, eso es aproximadamente lo que hacemos con nuestra atención durante buena parte del día. Hemos normalizado un entorno en el que cualquier persona, aplicación o servicio puede reclamar nuestra atención en cualquier momento y después esperamos desarrollar trabajo intelectual profundo dentro de ese mismo entorno.
Estar ocupado no significa estar concentrado
La tecnología ha multiplicado nuestra capacidad para acceder a información, comunicarnos y resolver tareas con una velocidad que habría resultado inimaginable hace apenas unas décadas. Pero esa abundancia tiene una consecuencia menos evidente: nunca había sido tan fácil mantener nuestra mente permanentemente ocupada.
Cualquier instante vacío puede llenarse inmediatamente. Esperamos un ascensor y miramos el teléfono. Caminamos durante cinco minutos y escuchamos un podcast. Comemos viendo un vídeo. Antes de dormir consultamos las noticias y, al despertar, muchas veces lo primero que hacemos es comprobar qué ocurrió mientras dormíamos.
El problema no consiste en que alguna de esas actividades sea perjudicial por sí misma. El problema aparece cuando eliminamos sistemáticamente todos los espacios en los que nuestra atención no está siendo dirigida hacia un estímulo nuevo.
Podemos terminar entonces confundiendo estimulación con actividad mental y actividad mental con productividad. Son cosas diferentes. Una jornada repleta de mensajes, noticias, reuniones y pequeños asuntos pendientes puede producir una intensa sensación de actividad y, sin embargo, dejarnos con la impresión de no haber pensado profundamente en nada.
Las tareas intelectualmente exigentes necesitan algo que nuestra cultura digital ofrece cada vez con menos frecuencia: continuidad. Comprender una idea difícil requiere permanecer con ella. Escribir bien requiere tiempo para descubrir qué queremos decir. Resolver ciertos problemas exige atravesar primero una etapa incómoda en la que todavía no sabemos cuál es la respuesta.
Cuando llenamos inmediatamente esa incomodidad con un estímulo nuevo, quizá no estemos descansando de pensar. Tal vez estemos interrumpiendo precisamente el proceso que necesitábamos completar.
El descanso no es lo contrario del pensamiento
Existe además una concepción bastante limitada del descanso. Tendemos a imaginar que mientras trabajamos estamos produciendo y que, cuando descansamos, el proceso se detiene. Desde esa perspectiva, cualquier pausa parece tiempo perdido que debemos justificar.
Nuestra experiencia cotidiana debería hacernos sospechar que la realidad es más interesante.
Todos conocemos esa situación en la que llevamos mucho tiempo intentando resolver un problema sin éxito. Cuanto más insistimos, más atrapados parecemos estar en las mismas alternativas. Finalmente abandonamos el escritorio, salimos a caminar, preparamos algo de comer o nos duchamos y, cuando ya no estamos intentando conscientemente encontrar la respuesta, aparece una posibilidad que no habíamos considerado.
No hay nada mágico en ello. Nuestro cerebro no necesita que mantengamos permanentemente la misma forma de atención para continuar procesando información. Alternar períodos de concentración intensa con momentos de menor exigencia puede permitirnos contemplar un problema desde perspectivas diferentes.
Por eso una caminata puede ser intelectualmente productiva aunque durante ella no escribamos una sola palabra. Dormir puede ser más importante para el rendimiento del día siguiente que exprimir una hora adicional de trabajo durante la madrugada. Y detenerse durante unos minutos antes de una reunión importante puede ser más útil que llegar a ella después de responder apresuradamente los últimos siete correos pendientes.
El descanso no debería entenderse únicamente como la recompensa que recibimos después de haber trabajado lo suficiente. En determinadas circunstancias forma parte del propio proceso de trabajar bien.
No existe Wingardium Leviosa para el cerebro
Naturalmente, sería mucho más atractivo descubrir algún mecanismo instantáneo capaz de modificar nuestro estado mental a voluntad. Nos gustaría pronunciar Wingardium Leviosa y conseguir inmediatamente un cerebro descansado, concentrado y creativo. O encontrar la música perfecta, el suplemento definitivo, la aplicación adecuada o el truco de productividad que nos permitiera ignorar indefinidamente todo lo demás.
Ojalá fuera tan sencillo.
Podemos utilizar herramientas para organizarnos mejor y desarrollar estrategias para gestionar nuestra atención, pero ninguna técnica convierte de forma permanente la privación de sueño en descanso ni elimina las consecuencias de vivir constantemente interrumpidos. Tampoco podemos esperar que nuestro cerebro responda siempre de la misma manera independientemente del estrés, la fatiga, la actividad física, el descanso y el entorno que le proporcionamos.
Lo interesante es que muchas de las herramientas más eficaces son extraordinariamente poco espectaculares. Dormir adecuadamente. Hacer ejercicio. Trabajar durante determinados períodos sin interrupciones. Dejar el teléfono fuera de nuestro alcance cuando necesitamos concentración. Caminar. Descansar. Mantener conversaciones sin mirar una pantalla cada dos minutos. Reservar algunos momentos del día en los que no necesitemos consumir información.
Son recomendaciones tan sencillas que pueden parecer triviales. Pero quizá precisamente por eso tendemos a subestimarlas. Resulta más seductor buscar una solución extraordinaria que aceptar que buena parte de nuestro rendimiento depende de hábitos ordinarios repetidos durante mucho tiempo.
Crear las condiciones adecuadas
Volvamos al bar del principio. Si quisiéramos conversar durante dos horas con alguien sobre un asunto importante, probablemente elegiríamos el lugar con cierto cuidado. No buscaríamos una discoteca con música ensordecedora y luces intermitentes para después reprocharnos nuestra incapacidad para mantener una conversación profunda.
Entenderíamos inmediatamente que el entorno importa.
Sin embargo, muchas veces construimos el equivalente cognitivo de esa discoteca alrededor de nuestro trabajo. Dejamos abiertas todas las vías de interrupción posibles, acumulamos cansancio, cambiamos constantemente de contexto y después interpretamos nuestra dificultad para concentrarnos como una deficiencia personal.
Tal vez necesitemos comenzar a diseñar nuestro ambiente mental con el mismo cuidado con el que diseñamos otros espacios. No significa vivir aislados ni convertir cada jornada en un ritual perfecto. Significa reconocer que nuestra atención es sensible al entorno y actuar en consecuencia.
Podemos decidir cuándo consultar el correo en lugar de permitir que el correo decida cuándo interrumpirnos. Podemos dejar el teléfono en otra habitación durante una tarea especialmente difícil. Podemos identificar qué horas del día suelen ofrecernos mayor claridad y reservarlas, cuando sea posible, para el trabajo que realmente la necesita. Podemos distinguir entre tareas que admiten interrupciones y aquellas que requieren continuidad. Podemos incluso recuperar algo tan aparentemente improductivo como caminar durante veinte minutos sin escuchar nada.
Son pequeñas decisiones, pero todas comparten la misma lógica: en lugar de exigir continuamente un estado mental determinado, intentamos construir las condiciones que lo hacen más probable.
Antes de exigir más, conviene observar
Quizá uno de nuestros errores sea interpretar cualquier dificultad mental como una señal de que debemos esforzarnos más. Si no podemos concentrarnos, insistimos. Si no aparece una idea, permanecemos frente a la pantalla. Si estamos cansados, añadimos café. Si sentimos que no llegamos a todo, intentamos hacer varias cosas simultáneamente.
A veces, por supuesto, necesitamos perseverar. No toda incomodidad es una señal para detenernos y ninguna vida puede organizarse de manera que siempre trabajemos en condiciones ideales. La disciplina sigue siendo necesaria precisamente porque habrá días malos, obligaciones inevitables y tareas que tendremos que realizar aunque no nos apetezcan.
Pero disciplina y hostilidad hacia nuestras propias limitaciones no son lo mismo.
La próxima vez que sientas que tu cabeza no responde como esperabas, antes de concluir que te falta voluntad quizá valga la pena observar las condiciones. Pregúntate cuánto has dormido, cuánto tiempo llevas trabajando, cuántas veces has interrumpido tu atención durante la última hora, cuánto tiempo ha pasado desde que te levantaste de la silla o cuándo fue la última vez que permitiste que tu mente permaneciera unos minutos sin recibir información nueva.
Y entonces hazte una pregunta todavía más importante: ¿le estoy pidiendo a mi cerebro algo para lo que he creado las condiciones adecuadas?
No siempre podremos modificar la respuesta. Habrá reuniones cuando estemos cansados, problemas que aparecerán en el peor momento y días en los que tendremos que trabajar aunque nuestra concentración esté lejos de ser perfecta. Pero comprender que el rendimiento mental depende también del estado y del entorno cambia nuestra manera de enfrentarnos a esas situaciones.
Dejamos de pensar exclusivamente en términos de fuerza de voluntad y comenzamos a pensar en términos de condiciones.
Quizá esa sea la enseñanza más interesante de todo esto. Pensar mejor no consiste únicamente en aprender más, esforzarnos más o encontrar mejores técnicas. También consiste en comprender qué necesita nuestra mente para hacer aquello que le pedimos.
Igual que elegimos un bar por su ambiente, podemos aprender a prestar atención al ambiente que construimos alrededor de nuestro cerebro. Porque nuestra mente no existe separada del cuerpo, del descanso, de los estímulos y de los hábitos cotidianos. Está inmersa en todos ellos.
Y quizá muchas veces, cuando sentimos que necesitamos exigirle más, lo que realmente necesitamos es algo bastante diferente: darle mejores condiciones para que pueda ofrecernos lo mejor de sí misma.
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