Hace casi diez años pasé una temporada en Madison, Wisconsin, durante una estancia de investigación. Madison no es una ciudad particularmente grande para los estándares estadounidenses, y quizá por eso sus contrastes resultaban tan fáciles de percibir. Yo salía a correr casi todas las tardes y los fines de semana tenía la costumbre de caminar sin demasiado rumbo después de pasar por el Farmers’ Market. Con el tiempo terminé conociendo la ciudad de una manera bastante distinta a la que ofrecen los mapas: no por sus monumentos ni por sus calles principales, sino por las pequeñas transiciones que separaban unos barrios de otros.
En torno al campus, Shorewood Hills y las calles arboladas próximas al lago Mendota era habitual encontrarse con lo que hoy llamaríamos una población fit. Había buenos carriles bici, gimnasios, gente corriendo junto al lago, ropa deportiva cara y supermercados donde comprar prácticamente cualquier variedad imaginable de producto fresco. Recuerdo hombres de setenta años que parecían tener cincuenta y familias enteras moviéndose en bicicleta como si aquello fuera simplemente la forma natural de desplazarse. Si uno seguía caminando hacia determinadas zonas del sur o del este, sin embargo, el paisaje cambiaba con una rapidez sorprendente. Aparecían más establecimientos de comida rápida, más gasolineras convertidas en pequeños supermercados, menos infraestructura para caminar y otra relación con el espacio público. También cambiaban los cuerpos.
Una tarde vi a un hombre sentado en un bordillo, frente al aparcamiento de uno de esos establecimientos, comiendo pollo frito de un cubo descomunal. No recuerdo exactamente qué cadena era ni importa demasiado. Lo que recuerdo es el tamaño del recipiente y la expresión ausente del hombre mientras comía. Era un miércoles cualquiera, aproximadamente a las cuatro de la tarde. A pocas calles de allí, junto al lago, un grupo de corredores hacía series con auriculares y relojes deportivos que probablemente costaban más que varios de mis pares de zapatillas juntos. Ninguna de las dos escenas tenía relación directa con la otra y sería absurdo extraer conclusiones sobre aquellas personas a partir de unos segundos de observación. Sin embargo, juntas componían una imagen que nunca terminé de olvidar.
La interpretación moral más inmediata es también la más cómoda. Unos se cuidan y otro no. Unos tienen disciplina y otro carece de ella. El hombre del bordillo podría estar corriendo en lugar de comer pollo frito. El argumento tiene la virtud de ser sencillo y el defecto de ignorar prácticamente todo lo que sabemos sobre cómo se distribuyen socialmente la salud y los hábitos. En Estados Unidos, como en tantos otros países, la obesidad, la actividad física, la esperanza de vida y numerosas enfermedades siguen gradientes bastante reconocibles de renta y educación. Según datos del CDC, la obesidad adulta afecta aproximadamente al 31,6 % de quienes poseen un título universitario, frente al 44,6 % entre quienes no superaron la educación secundaria. Entre los niños aparecen diferencias igualmente importantes según el nivel educativo y socioeconómico de los hogares.
Esto no significa que nadie sea responsable de lo que come. Significa algo más interesante: que la responsabilidad individual se ejerce dentro de un conjunto de posibilidades que no está distribuido de manera uniforme. El precio de los alimentos, el tiempo disponible para cocinar, la seguridad del barrio, el tipo de empleo, el acceso a espacios donde hacer ejercicio, la educación recibida, el estrés crónico y hasta la distancia al supermercado intervienen antes de que aparezca esa supuesta decisión puramente individual. Podemos elegir, desde luego, pero nunca elegimos desde ninguna parte.
He vuelto muchas veces a aquella escena de Madison porque con los años empecé a reconocer la misma estructura en lugares que aparentemente no tenían ninguna relación con la alimentación. Y últimamente hay uno que me resulta especialmente difícil ignorar: internet.
Las grandes plataformas algorítmicas se parecen cada vez más al fast food de nuestra economía de la atención. La comparación puede parecer exagerada hasta que uno observa cómo están construidas. Son baratas —normalmente gratuitas en términos monetarios—, ubicuas, extremadamente accesibles y poseen una densidad de estímulos difícil de igualar mediante productos culturales tradicionales. Un ensayo necesita que el lector haga algo. Una película exige permanecer durante cierto tiempo dentro de una narrativa. Incluso escuchar un disco implica, al menos tradicionalmente, tolerar canciones que quizá no producen una recompensa inmediata. El feed algorítmico elimina buena parte de esas fricciones. Si algo no interesa durante los primeros segundos, basta un movimiento del dedo. El siguiente estímulo ya está esperando.
La comparación con los ultraprocesados me parece útil precisamente porque no exige imaginar una conspiración. Nadie necesita reunirse en una habitación oscura para decidir cómo destruir nuestra capacidad de concentración. Basta con un sistema económico que recompense aquello que consigue retener nuestra atención durante más tiempo. Si una interfaz produce más minutos de uso, recibe más oportunidades de monetización; si una recomendación consigue que permanezcamos en la plataforma, el sistema aprende de ella. Miles de millones de pequeñas optimizaciones terminan produciendo un entorno extraordinariamente eficaz para una cosa: que no nos vayamos.
Tim Wu reconstruyó buena parte de la genealogía de este negocio en Comerciantes de atención. Internet no inventó la idea de regalarnos entretenimiento para después vender nuestra atención a los anunciantes. La prensa popular, la radio y la televisión comercial habían perfeccionado el intercambio mucho antes de que apareciera TikTok. La diferencia contemporánea está en la capacidad de observación y ajuste. La televisión podía saber aproximadamente qué clase de audiencia veía un programa. TikTok puede aprender que una persona concreta permanece unas décimas de segundo más ante cierto rostro, vuelve a mirar determinado vídeo, abandona otros contenidos a los dos segundos y reacciona de manera distinta según la hora del día. El negocio es antiguo; el instrumental es nuevo.
Hay algo profundamente bourdieusiano en todo esto. Pierre Bourdieu dedicó buena parte de su obra a desmontar la idea de que nuestros gustos nacen espontáneamente en el interior de individuos autónomos. Lo que comemos, los deportes que practicamos, los libros que leemos, la música que escuchamos e incluso aquello que consideramos elegante o vulgar está atravesado por nuestra posición social. El capital económico determina qué podemos comprar; el cultural, qué códigos sabemos interpretar; el social, qué personas y posibilidades forman parte de nuestro entorno. De la interacción entre todos ellos emerge ese concepto difícil de traducir y extraordinariamente útil que llamó habitus: una serie de disposiciones incorporadas que terminamos experimentando como naturales.
Alguien criado en una casa llena de libros probablemente no recuerde cuándo aprendió que leer era una forma posible de ocupar una tarde. Simplemente lo sabe. Quien ha ido a museos desde pequeño no necesita superar la incomodidad inicial de entrar en un espacio cuyos códigos desconoce. Una familia acostumbrada a hacer deporte no tiene que inventar desde cero una cultura del movimiento cada generación. Ninguna de esas prácticas está genéticamente inscrita en sus miembros, pero después de años de exposición pueden sentirse tan naturales como si lo estuvieran. Ahí reside parte de la potencia del habitus: convierte una historia social en una preferencia que experimentamos como propia.
Bourdieu utilizó también una expresión que resulta particularmente adecuada para pensar el consumo digital: el “gusto de necesidad”. Al estudiar la alimentación observó que las preferencias de las clases populares no podían analizarse como si todos los individuos eligieran libremente entre las mismas opciones. Cuando el dinero, el tiempo y las condiciones materiales son escasos, se aprende a preferir aquello que resulta abundante, energético, económico y disponible. Con el tiempo, la adaptación a la restricción puede convertirse subjetivamente en gusto. La estructura desaparece de la explicación y queda una frase aparentemente inocente: “esto es lo que me gusta”.
Algo parecido podría estar ocurriendo con el feed. El vídeo breve es perfecto para una vida fragmentada. Cabe en los doce minutos de espera del autobús, en la pausa del trabajo, en el trayecto, en el cansancio de las once de la noche cuando leer cuarenta páginas de una novela parece exigir una energía que ya no existe. No requiere planificación, desplazamiento, dinero ni demasiada continuidad mental. Está disponible inmediatamente y ha sido seleccionado para nosotros antes incluso de que sepamos qué queremos ver.
Por eso me parece demasiado fácil explicar el consumo intensivo de redes recurriendo exclusivamente a la falta de autocontrol. La pregunta interesante no es únicamente por qué alguien pasa tres horas viendo vídeos cortos, sino qué había disponible alrededor de esas tres horas. ¿Cuánto control tiene esa persona sobre su jornada? ¿Qué nivel de cansancio arrastra? ¿Tiene una biblioteca cerca? ¿Puede pagar actividades deportivas? ¿Hay espacios públicos seguros en su barrio? ¿Tiene amigos fuera de las plataformas? ¿Dispone de cuarenta minutos consecutivos para leer o vive en una sucesión permanente de interrupciones?
Los datos empiezan a sugerir que estas preguntas no son irrelevantes. El informe de Common Sense Media de 2025 sobre niños estadounidenses de cero a ocho años situó el promedio diario de pantalla en dos horas y veintisiete minutos, pero el promedio escondía una diferencia considerable: en hogares con ingresos inferiores a 50.000 dólares el tiempo alcanzaba las tres horas y cuarenta y ocho minutos, mientras que en hogares por encima de 100.000 dólares se situaba alrededor de una hora y cincuenta y dos minutos. Otros trabajos han encontrado gradientes por renta o educación en el uso de determinadas plataformas y en el tiempo total de pantalla.
Conviene ser cuidadosos con estos datos. Correlación no significa causalidad, “tiempo de pantalla” es una categoría metodológicamente torpe que puede mezclar actividades muy diferentes y la discusión científica sobre los efectos psicológicos de las redes sociales está lejos de estar cerrada. Jonathan Haidt ha defendido con enorme repercusión pública que la expansión del smartphone y las redes sociales desempeña un papel central en el deterioro de la salud mental adolescente. Investigadores como Candice Odgers han cuestionado la fortaleza de esa interpretación causal, y otros trabajos encuentran efectos pequeños, heterogéneos y muy dependientes del individuo y del tipo de uso. Convertir todo esto en “TikTok causa depresión” sería científicamente irresponsable.
Pero tampoco necesitamos resolver completamente esa controversia para observar otra cosa: la exposición y la capacidad de regularla parecen distribuirse socialmente. Y esa cuestión me interesa incluso más que el debate sobre si una hora adicional de pantalla produce una determinada variación en una escala de bienestar. Porque el problema quizá no sea únicamente qué nos hacen las pantallas, sino quién dispone de alternativas para apartarse de ellas.
Aquí aparece una de las paradojas más interesantes de nuestra época. Durante décadas, estar conectado fue un símbolo de privilegio. Tener ordenador, internet rápido y acceso a la información marcaba una diferencia económica y cultural evidente. Ahora que la pantalla se ha vuelto prácticamente universal, algunas élites empiezan a distinguirse precisamente mediante la capacidad de reducir su presencia.
El ejemplo más conocido apareció hace años en Silicon Valley. Matt Richtel contó en The New York Times cómo una escuela Waldorf de California educaba a sus alumnos con papel, lápices, manualidades y muy pocas pantallas. Lo llamativo no era la pedagogía —escuelas alternativas existen desde hace mucho—, sino quién enviaba allí a sus hijos: trabajadores y directivos de algunas de las compañías tecnológicas más importantes del mundo. La anécdota ha sido repetida tantas veces que corre el riesgo de convertirse en mito, pero expresa una intuición poderosa. Las personas que mejor comprenden cómo se construyen ciertos productos digitales parecen, en ocasiones, particularmente interesadas en introducir fricción cuando esos productos entran en sus casas.
A su alrededor ha surgido incluso una pequeña economía de la desconexión. Teléfonos minimalistas de cientos de dólares, dispositivos de tinta electrónica, objetos físicos que bloquean aplicaciones, programas que restringen el acceso a redes sociales, suscripciones que eliminan anuncios y herramientas que prometen devolvernos la concentración. El Light Phone, Mudita, Brick, Freedom, Opal y otras propuestas comercializan diferentes versiones de la misma aspiración: recuperar un poco de control sobre nuestra atención.
Hay algo casi cómico en tener que pagar por una aplicación cuya función consiste en impedirnos abrir otras aplicaciones. Primero construimos una economía multimillonaria dedicada a eliminar cualquier fricción que pueda impedirnos consumir contenido y después construimos otra industria dedicada a reinstalar artificialmente esas fricciones. Nos venden la puerta automática y, unos años después, el lujo consiste en comprar una cerradura.
Pero el asunto deja de resultar gracioso cuando observamos quién puede pagar esa cerradura. YouTube Premium elimina publicidad por una cuota mensual. Los buenos periódicos levantan muros de pago. Las aplicaciones de concentración reservan sus funciones más avanzadas para quienes pagan. Los teléfonos diseñados deliberadamente para hacer menos pueden costar más que un smartphone convencional. Incluso algunas escuelas que reducen drásticamente las pantallas son opciones privadas al alcance de una minoría. El mercado ha conseguido una pirueta extraordinaria: primero monetiza nuestra atención y después monetiza nuestra deseo de recuperarla.
Aquí Bourdieu vuelve a aparecer casi sin necesidad de invitarlo. Cuando un bien deja de distinguir porque se vuelve masivo, las élites encuentran nuevas formas de diferenciación. Si todos pueden comprar determinado producto, el prestigio se desplaza hacia otro. Si todo el mundo tiene acceso a una pantalla, la pantalla pierde parte de su capacidad para señalar estatus. El lujo puede entonces desplazarse hacia su contrario: tener tiempo sin pantalla.
Decir en ciertos círculos que tu hijo de doce años no tiene smartphone empieza a funcionar como una forma de capital simbólico. También lo hacen leer en papel, llevar un dumbphone, desaparecer de determinadas redes o poder ignorar WhatsApp durante varias horas. Son decisiones que pueden presentarse como simples elecciones personales, pero que requieren condiciones previas. Hace falta una comunidad que las tolere, conocimientos para comprender por qué pueden ser útiles, alternativas para sustituir aquello que se elimina y, en muchos casos, una posición económica y laboral que permita ejercerlas.
No todo el mundo puede desconectarse durante dos horas para hacer trabajo profundo. Un profesor universitario, un escritor o un profesional con autonomía sobre su agenda quizá pueda dejar el teléfono en otra habitación. Un rider depende de una plataforma para recibir pedidos. Una trabajadora con horarios variables puede necesitar responder inmediatamente para conseguir un turno. Una persona que cuida familiares puede vivir pendiente del teléfono por razones que ninguna aplicación de productividad resolverá. Hablar de “higiene digital” sin hablar del control sobre el propio tiempo corre el riesgo de convertir un privilegio laboral en una virtud moral.
Judy Wajcman lleva años insistiendo en algo parecido cuando estudia la aceleración social y tecnológica: la tecnología no produce la misma experiencia temporal para todo el mundo. Puede ahorrar tiempo y simultáneamente intensificarlo. Puede ofrecer flexibilidad a quien posee autonomía y disponibilidad permanente a quien carece de ella. El problema no es simplemente cuántas horas usamos un dispositivo, sino quién decide cuándo debemos estar disponibles.
La desigualdad digital tiene además una dimensión todavía más incómoda. Para buena parte de las clases medias, internet es un espacio de ocio, consumo y trabajo. Para las personas más vulnerables puede ser también una infraestructura burocrática obligatoria. Solicitar una ayuda, buscar empleo, demostrar determinados requisitos, pedir una cita o reclamar una prestación implica cada vez más atravesar formularios, sistemas automatizados y plataformas digitales. Virginia Eubanks ha documentado cómo algunos de estos sistemas no eliminan las desigualdades existentes, sino que pueden automatizarlas y volverlas más opacas. Para unos, desconectarse durante el fin de semana es bienestar. Para otros, estar conectado puede ser condición necesaria para no perder una oportunidad laboral o una prestación.
Incluso nuestra cultura empieza a adaptarse a esta nueva ecología de la atención. Spotify organiza música para estudiar, trabajar, dormir, relajarse o concentrarse. Netflix perfeccionó durante años la continuidad automática entre episodios. TikTok y YouTube han acostumbrado a millones de creadores a pensar en los primeros segundos como una batalla por evitar que el usuario deslice el dedo. Los medios escriben titulares que deben competir dentro del mismo entorno que vídeos de gatos, guerras, recetas, escándalos políticos y publicidad personalizada.
No creo que esto implique necesariamente una decadencia cultural inevitable. Cada tecnología modifica las formas culturales que circulan a través de ella y la historia está llena de pánicos morales ante nuevos medios. Pero sería ingenuo imaginar que los sistemas de distribución son neutrales. Cuando una plataforma recompensa determinadas métricas, los productores aprenden a optimizar para ellas. Poco a poco, la cultura adquiere la forma del recipiente que la distribuye.
Liz Pelly ha analizado este fenómeno en Spotify y Kyle Chayka lo ha descrito como un aplanamiento algorítmico: una cultura cada vez más adaptada a acompañarnos sin interrumpirnos demasiado, suficientemente reconocible para no generar rechazo y suficientemente continua para mantenernos dentro del sistema. No hace falta pensar que toda la música se volverá mediocre ni que desaparecerán las obras exigentes. Basta con reconocer que una arquitectura de distribución basada en retención, repetición y recomendación automática introduce presiones económicas sobre aquello que se produce.
Llegados aquí aparece inevitablemente la cuestión de qué hacemos. Y la respuesta más habitual sigue siendo individual. Desactiva notificaciones. Pon el teléfono en escala de grises. No duermas con él. Borra TikTok. Lee más. Sal a caminar. Establece horarios. Todas son recomendaciones razonables y algunas pueden mejorar considerablemente nuestra relación con la tecnología. Sería absurdo rechazarlas simplemente porque no resuelven el problema estructural.
Lo que me parece equivocado es convertirlas en toda la solución.
Si una industria dispone de equipos enteros de ingenieros, diseñadores, psicólogos, científicos de datos y sistemas de aprendizaje automático optimizando la retención, resulta extraño responder al problema exclusivamente recomendando que cada adolescente desarrolle más fuerza de voluntad. La asimetría es demasiado grande. Estamos enfrentando individuos cansados a sistemas que pueden experimentar simultáneamente con millones de usuarios y aprender en tiempo real qué consigue que permanezcan unos segundos más.
La analogía alimentaria vuelve entonces a resultar incómodamente útil. Nadie serio sostiene hoy que la obesidad poblacional pueda comprenderse únicamente como una suma de fracasos individuales. Analizamos precios, publicidad, urbanismo, composición de los alimentos, desigualdad, disponibilidad, educación y regulación. Reconocemos que existe una responsabilidad personal y, al mismo tiempo, un entorno obesogénico que modifica las probabilidades de determinadas conductas.
Quizá necesitemos empezar a pensar también en entornos atencionalmente obesogénicos.
Eso obligaría a trasladar parte de la conversación desde la psicología individual hacia el diseño y la política. Habría que discutir límites a determinados patrones oscuros, protección especial para menores, publicidad personalizada, transparencia de los sistemas de recomendación, acceso de investigadores independientes a datos, extracción comercial de información personal y responsabilidad sobre diseños deliberadamente persuasivos. Algunas propuestas serán malas, otras excesivas y otras técnicamente difíciles. Pero el debate relevante empieza ahí, no en decidir si el icono de Instagram debería estar escondido en la tercera pantalla del teléfono.
También significa invertir en aquello que compite con el feed. Una biblioteca pública con buenos horarios es política de atención. Un parque seguro es política de atención. Un club deportivo accesible, una escuela con criterio tecnológico, una radio comunitaria, un centro cultural, una red de transporte que permita a un adolescente desplazarse por su cuenta o simplemente un barrio donde sea posible pasar la tarde fuera de casa son, en cierto sentido, infraestructuras atencionales.
Porque quitar TikTok no crea automáticamente una alternativa. Solo crea un hueco.
Y los huecos son mucho más fáciles de tolerar cuando alrededor existe algo con lo que llenarlos.
Quizá por eso sigo pensando en Madison. Durante años interpreté aquella imagen del hombre con el cubo de pollo y los corredores junto al lago como una observación sobre la desigualdad estadounidense. Ahora creo que había algo más general escondido en ella. Los seres humanos elegimos, sí, pero elegimos dentro de paisajes que otras decisiones económicas, políticas y culturales han construido antes de nuestra llegada.
El hombre del bordillo podía decidir qué comer aquella tarde. Pero alguien había decidido antes qué negocios existían en su barrio, cuánto costaban sus productos, cómo estaba diseñada aquella zona de la ciudad y qué alternativas tenía a unos minutos de distancia. Los corredores podían atribuir su actividad a la disciplina —y seguramente la tenían—, pero corrían también sobre senderos cuidados, junto a un lago, con tiempo disponible, conocimiento acumulado y recursos suficientes para convertir esa disciplina en rutina.
Con la atención ocurre algo semejante. Hay personas que disponen de libros, tiempo, espacios tranquilos, trabajos relativamente autónomos, actividades culturales, familias que establecen límites tecnológicos y dinero suficiente para comprar experiencias sin publicidad. Otras reciben una pantalla barata, un feed infinito y una economía entera dispuesta a llenar cada segundo de silencio con algo que pueda monetizarse.
No son dos especies humanas. No poseen cerebros radicalmente diferentes. Habitan paisajes distintos.
Por eso cada vez me convence menos la idea de que la gran brecha digital del futuro vaya a estar entre quienes tienen acceso a la tecnología y quienes no. Esa fue la brecha de otra época. La que empieza a dibujarse ahora quizá sea más sutil: entre quienes pueden decidir cuándo, cómo y para qué utilizar la tecnología y quienes deben aceptar la forma de uso que otros han diseñado para ellos.
Durante años pensamos que el privilegio consistía en poder conectarse. Es posible que estemos entrando en una época en la que una de las formas más valiosas de privilegio sea exactamente la contraria: poder desaparecer durante unas horas sin pagar un precio por ello.
Hay piscinas y hay charcas. La diferencia no está únicamente en quién sabe nadar. Está también en quién pudo elegir dónde meterse, quién tuvo tiempo para aprender y quién llegó a un lugar donde, sencillamente, no había otra agua.
Y mientras sigamos mirando al que está dentro de la charca para explicarle cómo debería nadar, quizá estemos haciendo la pregunta equivocada.
Tal vez convendría mirar primero quién diseñó el terreno.
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